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JUCONI
Historias de éxito
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La familia de Ramiro y Adelina
Ramiro vivió una infancia desprovista de amor. Todas sus memorias
respecto a su padre lo remiten a crueldad y violencia. Ramiro tiene
recuerdos muy vívidos de cuando dormía en un frío y sucio piso y su
padre tenía la costumbre de despojarle de su delgada sábana sólo para
mofarse de cómo tiritaba. Cuando cumplió 9 años, Ramiro decidió que
estaría mejor valiéndose por sí mismo y huyó lejos.
La vida lejos de su violento hogar apenas le proporcionó algún refugio.
Después de varias semanas en la calle Ramiro fue contactado por un hombre
que le ofreció trabajo cortando caña de azúcar. Carente de otras opciones
Ramiro aceptó y se lo llevaron a un remoto sembradío en la Puebla rural.
Pasó largos y laboriosos días cortando manualmente la caña. En el transcurso
de 2 años, el hombre se aprovechó de lo vulnerable que se encontraba Ramiro en
esos momentos. Dormía en una raída choza y su exiguo salario era robado con
frecuencia por trabajadores con más antigüedad en el empleo que él.
Cuando Ramiro tenía 12 años escapó y encontró trabajo pastoreando ovejas al
norte de Puebla. Una vez más el maltrato y la explotación continuó. Su jefe
abusó físicamente de él y otra vez padeció miserables condiciones de vida.
Reconoce que sin la bondad de Adelina, la hija de 12 años del jefe, quien
secretamente le pasaba comida en la noche, él hubiera muerto de hambre.
Adelina no se salvaba de la crueldad de su padre puesto que también sufría
golpizas frecuentes y trató de huir en varias ocasiones.
Cuando ambos cumplieron los 15 años escaparon y buscaron trabajo en la ciudad de
Puebla. Planearon salir de su pobre estilo de vida vendiendo chucherías de todo
tipo en la calle. Juntos construyeron una minúscula choza con ladrillos de ceniza,
el piso sucio y un techo de retazos de plástico, ubicada en los barrios bajos de
Puebla. Pronto los alcanzaron la hermana de Adelina y su pequeño hijo. Adelina quedó
embarazada a los 16 años y dio a luz a Alejandro.
Ella permanecía en casa para cuidar de su hijo y su sobrino. Pocos meses después la
desgracia les asestó un duro golpe cuando el sobrino de Adelina se atragantó y murió
a su cuidado. En un esfuerzo para tratar de compensar a su hermana, Adelina le ofreció
darle a su propio hijo. Su hermana aceptó y se fue con Alejandro poco tiempo después.
Sumamente molesto de que tal acuerdo fue realizado sin su consentimiento, Ramiro abandonó
a Adelina y se fue a vivir con otra mujer. Adelina se involucró con otro hombre. Ambos
tuvieron niños con sus nuevas parejas. Después de un año Ramiro y Adelina reanudaron su
relación bajo circunstancias cada vez más negativas. Ramiro se había vuelto alcohólico y
como si fuera poco su pasado abundante en abusos físicos y emocionales hacia Adelina, la
violencia todavía fue aún más frecuente e intensa. El trabajo era esporádico debido a que
Ramiro inevitablemente quedaba desempleado debido a su alcoholismo. Juana, la hija de Adelina
de su otra relación, fue a trabajar a la calle desde la edad de 4 años por tratar de proveer a
la familia con un pequeño ingreso. Más niños le siguieron, 6 en total. Ramiro desaparecía por
las mañanas y algunas veces no regresaba por varios días. Cualquier dinero que pudiera ganar de
algún trabajo chapucero él lo utilizaba para seguir tomando. Adelina llevó a todos los niños a
trabajar a la calle. Los niños mayores, Juana y José, limpiaban los cristales de los automóviles
y hacían malabares, mientras que los más pequeños pedían limosna en el cambio de luces del semáforo.
Ningún miembro de la familia asistía a la escuela. Los niños mayores comenzaron a pasar la noche
entera en la calle, ni Adelina ni Ramiro iban a buscarlos. Conforme el alcoholismo de Ramiro fue en
aumento, su ausencia de la familia también fue mayor.
Al inicio, Adelina estaba sumamente escéptica debido a las falsas promesas de varias organizaciones y
a los programas gubernamentales que trataron de ayudar a su familia en vano. Muchos prometieron darle
apoyo pero ninguno cumplió los compromisos establecidos. Otros simplemente criticaron la ineptitud como
madre de Adelina y la amenazaron con quitarle los niños si no cambiaba. Como resultado, Adelina se
protegía exageradamente por la desconfianza que tenía hacia cualquier ayuda ofrecida. Ella concluyó que
la desesperación en la que se encontraba su familia era inevitable y merecida. En este punto, Adelina y
su familia habían aceptado la lucha, la pobreza, la violencia y el sufrimiento como un modo de vida.
El contacto con JUCONI
JUCONI primero contactó con Juana y José, quienes trabajaban en un puente cercano a su casa. En ese tiempo
tenían 12 y 11 años respectivamente, los niños pasaban el día vendiendo chucherías a los automovilistas que
transitaban por ahí. Mientras tanto, a poco más de un kilómetro y medio, Adelina vendía cócteles de fruta
en un crucero muy transitado. Los hermanos menores vagaban, sin supervisión, entre los dos sitios, algunas
veces trabajando pero frecuentemente deteniéndose a jugar debajo del puente llevando consigo drogas.
El equipo de educadores de JUCONI creó una relación positiva con Juana y José mediante la combinación de
juegos y a través de observaciones y comentarios basados en sus fortalezas. En vez de criticar y juzgar,
JUCONI escuchó, cumplió promesas y desarrolló empatía. Después de 2 meses de visitas periódicas al puente,
los niños estuvieron de acuerdo en presentar al equipo de JUCONI a sus padres.
No obstante la cita preacordada, Adelina y Ramiro estuvieron ausentes cuando JUCONI realizó la primera visita
a su casa. Escépticos de lo que JUCONI de hecho pudiera mostrarles, Adelina permaneció en su puesto de fruta.
Conforme el equipo de JUCONI se acercaba a la casa, observaron a Ramiro escapando por la ventana trasera y
huyendo.
Sin darse por vencidos, JUCONI regresó la siguiente semana a buscar a Adelina en su casa. De esa sesión con
miras hacia el futuro, JUCONI se enfocó en forjar una relación positiva con Adelina y los niños a través del
cumplimiento de promesas, demostrando su capacidad de entender los desafíos de la familia, y reconociendo sus
habilidades y talentos. Las visitas semanales se convirtieron en un ritual y JUCONI trabajó con la familia para
crear espacios positivos de comunicación mientras los ayudaban con sus habilidades de lectura y escritura. Pronto,
JUCONI notó que la familia barría y organizaba el espacio donde se reunían anticipando la visita.
Durante meses, Ramiro permaneció en la periferia, siempre encontraba un pretexto para estar lejos durante las visitas.
JUCONI continuamente le extendía la invitación y gradualmente comenzó a quedarse alrededor de la casa durante las
sesiones. Cuando Ramiro sin pensarlo hizo un comentario acerca de haber trabajado 2 días en la semana anterior
transportando sacos muy pesados en el mercado, el equipo de JUCONI elogió su contribución y dedicación a su familia. En
el transcurso de las siguientes semanas, Ramiro hizo un esfuerzo para informar al equipo de JUCONI del trabajo realizado
para mantener a su familia. Repetidamente, los educadores de JUCONI lo alabaron y siempre puntualizaron su dedicación,
fuerza y profundo amor hacia su familia que le permitían desarrollar tan arduas tareas.
A la edad de 35 años, Ramiro comenzó a sentirse importante por primera vez en su vida. Entonces empezó a mejorar la
deplorable choza de un cuarto colocando cemento en medio de los ladrillos apilados. Agrandó el hogar con varios cuartos y
añadió un baño, donde antes no había alguno. También reforzó el techo repleto de goteras con lámina corrugada. Ramiro empezó
a limpiar alrededor de la casa deshaciéndose de montones de basura. Comenzó a bromear y jugar con sus niños y la bebida y la
agresión fueron reduciéndose.
Un año después del contacto inicial de JUCONI, la familia llegó a una encrucijada crítica. Adelina encontró trabajo de planta
como empleada doméstica con una familia que vivía del otro lado de Puebla. Sólo podría visitar a su familia los domingos por
pocas horas y por lo tanto no podría continuar siendo la “pieza clave adulta” durante las sesiones familiares con JUCONI. Sin
dudarlo Ramiro inmediatamente se ofreció voluntariamente para ser el adulto presente en todas las sesiones.
En el siguiente año Ramiro fue el cuidador primario de los 6 niños. Las sesiones semanales continuaron enfocándose hacia la
creatividad y al reforzamiento de espacios de comunicación positivos que permitieran a la familia procesar y dirigir algunos de
los desafíos que enfrentaban. Un momento crítico para Ramiro fue reconocer su horrible infancia y entender que él tenía el poder
de crear una situación mejor para sus propios niños. Implementó una rutina diaria en el hogar, la cual contribuyó a conseguir que
todos los niños entraran a la escuela por primera vez. Juana ayudó cuidando a los niños menores así como Ramiro comenzó a tener
empleos más estables. El abuso físico y emocional que alguna vez prevaleció en la casa como algo fijo y rutinario se volvió mínimo.
Los niños, los cuales unos pocos años antes pasaban 14 horas en la calle, ahora preferían estar en casa para realizar tareas del hogar
y estar juntos como familia. Por primera vez la familia funcionaba como una unidad.
Dos años después de que JUCONI conoció a Ramiro, había dejado de beber del todo estimulado por el apoyo constante del equipo. Adelina
regresó a vivir con la familia después de un año y ambos establecieron un negocio formal, con todos los requisitos legales, para vender
fruta. Adelina recientemente expandió el negocio al añadir un pequeño puesto de raspados. Gracias a las sesiones familiares dedicadas a
lectura y matemáticas, él también aprendió a leer y ahora puede acceder a programas de microfinanciamiento gubernamentales.
La estabilidad, seguridad y habilidades de comunicación adquiridas forman parte ya del futuro positivo de los niños. Juana, ahora de 15 años,
trabaja en una tienda de ropa cercana y estudia por las tardes. José trabaja de medio tiempo en un taller mecánico y también asiste a la escuela.
Los otros niños estudian en la escuela y están fuera de la calle.
Actualmente Ramiro y su familia aún son pobres. Sin embargo, en contraste a su situación de 3 años atrás, ninguno en la familia está resignado a
repetir el ciclo de violencia y pobreza. La familia, que ahora opera como un equipo, lucha activamente por un futuro mejor para todos sus miembros.
Aunque se encuentran lejos ya del inicio tan prometedor, JUCONI aun continuará semanalmente las sesiones hasta que la familia demuestre su capacidad
para mantener solos tal ímpetu. Dicho progreso se espera para finales del 2008, en ese momento las visitas de JUCONI gradualmente disminuirán en
frecuencia.
El ciclo de violencia que expulsó a Ramiro de su hogar a la edad de 9 años se ha roto. La familia, resignada en un tiempo a la exclusión y al sufrimiento
crónico, ha adquirido una estructura de vida positiva y herramientas suficientes para establecer un mejoramiento continuo. Ramiro está muy satisfecho de
saber que sus niños se están desarrollando en un entorno amoroso y que él es un elemento clave de éste.
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